DOLOR EN EL PARQUE. La ilusión de un amor imposible
La observó entrar por la puerta acompañada de dos hombres. Trabajaba en una de las agencias de publicidad más reconocidas de la ciudad y, al igual que sus acompañantes, vivía viajando. Y como una vez al mes, se hospedaba en el hotel.
Como siempre que la veía, la desazón y la desesperanza de lo inalcanzable se apoderaban de él; Comprobó que su atuendo fuese el correcto para su cargo. Sabía que tenía un rostro de facciones duras, así que puso una tímida sonrisa en sus labios para dulcificar sus rasgos, dándole una apariencia de profesional atento y servicial. Se dirigió hacia ellos como correspondía al gerente del establecimiento, dando la bienvenida con una rápida mirada a los tres. Toda su fuerza de voluntad fue puesta a prueba al cruzarse con los ojos de ella para no quedarse en aquella mirada de color verde el tiempo necesario para descubrir sus pensamientos; por un instante, creyó ver una chispa de burla en ellos.
Llamó al encargado de los equipajes para que los subiera a las habitaciones, dando de nuevo la bienvenida y deseándoles que disfrutaran de su estancia. Los hombres no contestaron, dirigiéndose directamente al ascensor. Sin embargo, ella lo miró para decir:
—Lo haremos.
De nuevo aquella mirada burlona y directa antes de desaparecer dentro del ascensor donde sus acompañantes la esperaban. Él se dirigió a su puesto mientras su cabeza daba vueltas interpretando mil cosas de aquella respuesta. La burla de su mirada seguía allí. Por un instante sintió que ella estaba jugando al gato y al ratón, interpretándolo como un interés por parte de ella que le hacía sentirse eufórico, para pasar de inmediato a sentir angustia por si aquello era solo un juego sin ningún propósito.
Mientras tanto, en el ascensor, ella sentía una felicidad desconocida: el sentimiento de poseer y ser poseída. Hacía tiempo que sentía interés por él; quizá era por lo distante y esquivo que se mostraba, pero hoy había comprendido que aquel comportamiento era, en realidad, interés.
Durante los dos días siguientes ella se mostró más abierta y él empezó a sostenerle la mirada en aquellas pequeñas charlas al subir o bajar de su habitación. Charlas intrascendentes de cortesía donde las miradas mantenían otro tipo de conversación. El tercer día, ella bajó con la intención de proponerle una cita, visto que él no se decidía. Pero él no estaba. Preguntó al suplente y este le dijo que había cogido el día libre por un asunto familiar. Un tanto defraudada, se prometió a sí misma que la próxima vez se aclararían las cosas.
Subió al taxi con sus compañeros camino al aeropuerto, con la cabeza apoyada en la ventanilla y la mirada perdida. Al pasar delante de un parque, lo vio sentado en un banco abrazado a una mujer mientras acariciaba la cabeza de un niño de unos tres años. Su mundo se vino abajo en un instante. Incapaz de comprender por qué aquello le afectaba tanto, intentó reponerse llamándose estúpida por haber interpretado mal las señales que él parecía enviarle.
Al día siguiente él volvió al trabajo. Las cosas habían cambiado: ahora tenía la seguridad de que no le era indiferente. Si no hubiera tenido que pedir el día para acompañar a su hermana en aquellos momentos dolorosos —pues el día antes ella había abandonado a su marido por las infidelidades de este—, la hubiera invitado a tomar una copa buscando una conversación más íntima.
Lejos de allí, en otra ciudad, ella con sentimientos encontrados trataba de comportarse como siempre para que sus compañeros no lo notaran. Al llegar al hotel se encerraba en su habitación, poniendo cualquier excusa para no acompañarles. Pasaron los días y la desazón no desapareció. Dos días después volverían al hotel y él estaría allí. Intentó que cambiaran de establecimiento, pero sus compañeros insistieron, pues al lado había un pub al que iban andando y ya conocían el ambiente. Ella no insistió para no levantar sospechas.
Cuando entraron por la puerta, él salió como siempre a recibirles, pero esta vez solo la miraba a ella con una sonrisa abierta, buscando la complicidad del interés mutuo. A falta de tres pasos para acercarse, se paró en seco. Su semblante se volvió serio y profesional. Ella no lo buscaba con la mirada; ya no había burla en sus ojos, sino una chispa de desprecio. Ella se giró con desaire para no tener que mirarlo y se dirigió al ascensor sin dirigirle la palabra.
Él regresó a su puesto cabizbajo, preguntándose qué habría pasado y sintiéndose culpable de algo que no lograba comprender. "Es hora de aclararlo", se dijo. Cuando ella bajara a cenar hablaría con ella, pero en los dos días siguientes ella pidió la comida a su habitación evitándole a propósito.
Al tercero, cuando faltaban tres horas para que se marchara de nuevo, decidió que no podía aguantar un mes más sin saber qué ocurría. Subió a su habitación y llamó a la puerta. Ella preguntó quién era sin abrir. Él, bajo una gran tensión, no se atrevió a decir un "yo" y respondió:
—El gerente.
—¿Y qué quiere? —preguntó ella, tratándole de usted para marcar distancias.
—Tenemos que hablar —dijo él.
—No hay nada de qué hablar —contestó ella.
—Pero, ¿qué ha pasado? ¿Qué he hecho? Parecía que entre nosotros había algo...
—¿Y aún lo preguntas? Márchate, por favor. No hay nada de qué hablar; entre nosotros no hubo ni nunca podrá haber nada.
Él insistió, pero el volumen del televisor subió con fuerza dentro de la habitación. Él comprendió que, fuera lo que fuese lo que se interponía entre ellos, había finalizado una relación que nunca empezó. Se alejó con la sensación de haber perdido al amor de su vida, mientras ella, con la espalda apoyada en la puerta, aceptó con resignación su destino mientras las lágrimas se deslizaban por sus mejillas.
Cuando ella bajó para irse, él no estaba; se había retirado a propósito para evitar una situación embarazosa. En su lugar estaba el suplente, que hablaba con la mujer del parque mientras el niño le cogía de la mano. Ella no pudo evitar escuchar la conversación. El hombre le dijo a la mujer con una sonrisa dirigida al pequeño:
—Su hermano se encontraba indispuesto y se fue a la cocina a tomar un vaso de agua. —Y dirigiéndose al niño, le señaló con el dedo—: Mira, ¿ves esa puerta? Puedes ir tú mismo. Tu tío está ahí dentro.
Ella se detuvo en seco, como si el tiempo se parara. La palabra «tío» golpeó sus oídos con la fuerza de una revelación inesperada, rompiendo la barrera que ella misma había construido para defenderse del dolor. Una mezcla de vergüenza y alegría incontenible le inundaron el pecho.
Desde la calle, sus compañeros la llamaron con impaciencia mientras el taxi esperaba con el motor en marcha:
—¡Vamos! ¡Llegamos tarde!
Ella se giró hacia ellos. Con los ojos húmedos, pero su rostro estaba iluminado por una sonrisa que no admitía dudas.
—Iros sin mí —dijo con voz firme—. Esta vez no voy.
Y casi corriendo se dirigió a la puerta de una cocina del hotel donde le esperaba un futuro prometedor.
J. P. Armada.
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