LA PUERTA DEL DOLOR
EL UMBRAL
El hombre alcanzó la puerta, la abrió y, en el instante en que su pierna derecha cruzó el umbral, el tiempo se detuvo. Quedó suspendido bajo el marco; su anatomía ya no respondía, solo le era permitido girar la cabeza.
Frente a él no había nada: la estancia se había desvanecido. En su lugar emergieron dos líneas paralelas que evocaban el cauce de dos ríos. Uno, de curvas sutiles, irradiaba una armonía de aguas lentas e imperturbables. El otro, de una sinuosidad abrupta, sugería una corriente indómita que jamás se dejaría doblegar.
Giró la vista y sus ojos recorrieron su pasado, desde la infancia hasta el presente. Mientras observaba su historia, notó que algo fallaba: aparecían secuencias que no recordaba haber protagonizado. Inconscientemente, volvió a mirar hacia atrás; ahora los episodios extraños se multiplicaban y tuvo la certeza de que aquellos no le pertenecían. Se sentía un espectador contemplando el vacío, como si aquella existencia fuera ajena.
De nuevo fijó la vista al frente. El río apacible le mostró el rostro de un anciano de facciones serenas y sonrisa conciliadora; le invadió la sospecha de que lo conocía de algo. Acto seguido, el caudal serpenteante le reveló otra figura de rasgos esculpidos en roca; era tal la severidad de su expresión que, al igual que el anterior, también le resultó familiar. Sintió la urgencia de buscar respuestas a su espalda, pero allí las escenas eran cada vez más convulsas.
De pronto, el silencio dio paso a la realidad: el sonido del agua en ebullición del radiador roto se podía escuchar al salir por debajo del capó, retorcido por el golpe frontal contra el talud, y el olor a líquido de frenos se mezclaba con el de la gasolina.
Recuperó la sensación de su cuerpo: estaba sentado en el asiento del conductor, con la puerta arrancada y la pierna derecha colgando hacia fuera, rozando el asfalto. Ese era su umbral.
A su lado, el silencio de su padre, con sangre seca desde su boca bajando por la barbilla, y aun así parecía tener una sonrisa de comprensión, era el perdón del río manso; en el asiento trasero, la rigidez del cuerpo de su tío, con la cabeza pegada a la ventanilla rota, su cara estaba también manchada desde la sien, bajando por la cara hasta caer sobre su hombro; en sus ojos sin vida, una mirada dura era el reproche de la piedra.
Él seguía allí, con medio cuerpo en el aire, atrapado entre el último segundo de su vida pasada y el comienzo de un futuro de dolor y reproches.
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