EL ÚLTIMO CONTRAPESO. Suspenso historia de vida sacrificio


Autobús al borde de un acantilado en situación de peligro con pasajeros intentando estabilizarlo


EL ÚLTIMO CONTRAPESO

Las circunstancias son las que demuestran hasta dónde llega el sacrificio de cada persona. Ellas nos hacen ver lo iguales y, a la vez, tan distintos que somos los seres humanos.

Estaba allí, al borde del barranco, con los once restantes: seis hombres, cuatro mujeres y dos niños. Él era el conductor. Las lluvias habían reblandecido el terreno, provocando que la parte trasera del vehículo derrapara hasta quedar suspendida en el vacío sobre un desfiladero de rocas afiladas a unos cincuenta metros de profundidad. El autobús se hallaba en un equilibrio precario, como un balancín, manteniéndose sin despeñarse únicamente porque el grupo de pasajeros se había arremolinado en la parte delantera.

La única opción que se le ocurría era evacuar por la puerta frontal. Pero, cuántos lograrían bajar antes de que la estructura se desplomara?

Los gritos de histeria se mezclaban con los murmullos de los más templados y el silencio de los aterrorizados; la gente se aferraba entre sí, sintiendo que los unos eran las anclas de los otros, asidos a la esperanza de la salvación.

El tiempo se agotaba. El chófer pidió opinión a los más serenos por si existía otra salida que él no alcanzara a ver. Concluyeron que debían salir de uno en uno, evaluando las reacciones que cada movimiento provocaba en el chasis. Decidieron hacerlo por edades: los dos niños fueron los primeros, seguidos de sus madres; luego, dos adolescentes. La tensión del momento se transformó en alivio: la mitad del pasaje estaba fuera y el bus ni se movió.

Para los siguientes, la instrucción fue estricta: apoyar un pie en el suelo dejando el otro en la escalera; si se notaba algo extraño, debían subir de inmediato. Un hombre de unos treinta y cinco años bajó y nada pareció ocurrir. Fue un movimiento tan imperceptible que solo el conductor y otro hombre de unos cincuenta y cinco años lo notaron: una mínima vibración. Sabían que el límite estaba cerca.

Se ordenó que el primer hombre y los adolescentes hicieran contrapeso en la defensa delantera. El resto no intervendría por miedo a que no reaccionaran a tiempo y fueran arrastrados al abismo. Bajó otro más y el contrapeso funcionó: nada se movió. Solo quedaban tres. Quizás la suerte estuviera de su parte aquel día.

El chófer ayudaba a los que bajaban sin moverse de su sitio. El hombre de los cincuenta y cinco años estaba justo detrás de él.

—Cuando el tercero haya bajado, pasarás por delante de mí —le indicó el conductor—. No te detengas, baja rápido.

El pasajero asintió, pero el chófer, temiendo lo peor para sí mismo, añadió a continuación:

—Si no lo consigo, busque a mi mujer y a mi hijo. Dígales que estaré siempre con ellos.

El tercer hombre puso un pie en el asfalto con la consigna de unirse al contrapeso. Bajó el otro pie para salir corriendo y, de pronto, todo cambió. El autobús, que hasta ese momento parecía estable, levantó el morro bruscamente. La gente soltó la defensa para no ser arrastrada por la inercia. El vehículo ya se elevaba un metro del suelo. El chófer se despidió mentalmente de su familia y comenzó a girarse hacia el último pasajero para arrojarlo fuera del bus, pero sintió unas manos contra su pecho que lo empujaron con una fuerza brutal.

Salió despedido por la puerta cayendo de espaldas sobre la carretera. Apenas su cuerpo tocó el asfalto, el bus alcanzó la verticalidad con el morro apuntando al cielo. Entre el estrépito de la chapa contra las rocas y el estallido de los cristales, la máquina se desplomó rebotando hacia el fondo con un hombre todavía dentro.

El conductor se levantó ayudado por los pasajeros, entre gritos histéricos y abrazos de consuelo. Poco después, el alboroto se convirtió en llantos silenciosos con las miradas puestas por donde el bus se había precipitado. Con lágrimas corriendo por sus mejillas, el chófer preguntó si alguien conocía a aquel hombre que lo había salvado.

—Yo le conocía del barrio —respondió una mujer. No tenía hijos y hace un año se había quedado viudo.

El chófer guardó silencio, un hombre al que no conocía de nada le había hecho el regalo más grande que nadie puede recibir.

                                                                                                                                           J. P. Armada.

 

                                                  Gracias por leer.

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