EL CUARTO PORTADOR realismo mágico terror psicológico misterio sobrenatural

Portada del relato El Cuarto Portador, misterio y terror psicológico de J. P. Armada.




Había llegado desde la ciudad para pasar unos días con su primo en el pueblo. Durante el día ayudó con las tareas del campo, disfrutando de algo exótico para él. Al anochecer, su primo le propuso ir hasta la casa del abuelo para llevarle la comida, una tarea que cumplía puntualmente cada jornada.


Decidieron ir a pie, aprovechando que la distancia no era grande. Al llegar, el recién llegado observó la construcción: una casa de piedra algo deteriorada, con hiedra trepando por las paredes, contraventanas de madera y una puerta partida en dos hojas, de las cuales la inferior era más alta. La hoja superior se encontraba abierta.

Su primo habló mientras empujaba la puerta.

—Hola, abuelo. Ha llegado la cena y te traigo visita.

Entraron directamente en la cocina, una estancia en la que una pequeña hoguera, situada bajo una campana, para la recogida de humos, consumía lentamente unos troncos, reduciéndolos a brasas.

Un anciano, alto, de profundas arrugas y cabello canoso, descansaba frente al fuego sobre una banqueta de tres patas. Liaba un cigarrillo con una sola mano, con la destreza que solo se alcanza tras repetir el mismo gesto miles de veces. Después de la primera calada, su voz ronca rompió el silencio.

—Pronto habrá un entierro.

El recién llegado miró a su primo entornando los ojos, formulando una pregunta muda: «¿Se ha muerto alguien?».

El anciano, que pareció adivinarle el pensamiento, sentenció sin apartar la vista del fuego:

—Aún no, pero las señales están ahí. Hay más cosas de las que los ojos pueden ver.

El visitante sintió un escalofrío, no por la premonición de una muerte, sino por la sensación de que el anciano acababa de leerle la mente.

Al principio, la conversación versó sobre antepasados del huésped a quienes el anciano había conocido. Después derivó hacia las visiones y señales que, según él, enviaba el más allá para prepararnos para el último viaje. El joven escuchaba aquellas historias como en trance, con la impresión de haber cruzado un umbral hacia una época en la que los espíritus y la magia formaban parte del mundo cotidiano.

Tras cenar, el anciano comentó que no se encontraba bien. Aunque trató de restarle importancia, su nieto decidió quedarse a acompañarlo y pidió a su primo que regresara para informar a la familia de que pasaría la noche allí.

La oscuridad ya se había adueñado del campo cuando el visitante emprendió el regreso en solitario, alumbrándose con una vieja linterna. Había recorrido apenas medio kilómetro cuando una extraña sensación lo invadió: un frío que pareció instalarse en sus huesos.

Para alguien acostumbrado a la ciudad y a sus calles iluminadas, reducir el campo de visión a apenas unos metros bastaba para que los sonidos indescifrables de la naturaleza despertaran el temor a un peligro indefinido. El ulular cercano de una lechuza lo sobresaltó y le hizo apresurar el paso.

Sin quererlo, recordó las historias del anciano y, sobre todo, su anuncio de que pronto habría un entierro.

No pudo evitar pensar que quizá hubiera presentido su propia muerte.

A mitad del camino, al acercarse a un recodo, escuchó un murmullo procedente del otro lado. Esta vez el escalofrío fue tan intenso que lo paralizó. Permaneció inmóvil en medio del sendero.

El silencio se volvió absoluto.

Solo permanecían aquellos murmullos que identificó como rezos.

Entonces distinguió una comitiva fúnebre. Un grupo de desconocidos acompañaba un féretro transportado por cuatro hombres que avanzaban en su dirección.

Sin saber cómo, se encontró apartado a un lado del camino observando el cortejo. Cuando el féretro pasó frente a él, algo lo obligó a fijarse en el portador que ocupaba la posición trasera. Fue el único que giró la cabeza.

Y entonces se encontró mirando su propio rostro.

El hombre pareció saludarlo con una leve inclinación de cabeza antes de volver la vista al frente.

La comitiva continuó avanzando hasta desaparecer en la oscuridad.

Un instante después, sin comprender cómo había ocurrido, se halló de nuevo en el mismo lugar donde se había quedado paralizado. Los sonidos de la noche regresaron de golpe. Un miedo desconocido se apoderó de él.

Echó a correr.

Corrió sin atreverse a mirar atrás, aterrorizado por lo que pudiera descubrir. Cuando llegó a la casa, decidió que jamás contaría lo sucedido. Lo tomarían por loco o, peor aún para su orgullo, por un cobarde.

Transmitió el mensaje a la familia. Le ofrecieron cenar, pero alegó un fuerte dolor de cabeza y prefirió retirarse a la habitación.

Fue incapaz de dormir.

Para su propia vergüenza, dejó la luz encendida toda la noche mientras intentaba convencerse de que las historias del anciano habían influido en su imaginación hasta provocarle una alucinación.

¿Qué había sido aquello?

¿Cómo había podido sugestionarse hasta el punto de tener una visión tan real?

A la mañana siguiente, con la luz del sol, recuperó la serenidad. Todo empezaba a parecer una pesadilla, especialmente cuando supo que el abuelo se encontraba perfectamente y que solo había sufrido una bajada de tensión.

Cuando volvió a encontrarse con su primo, decidió contarle lo ocurrido.

Su sorpresa fue enorme al comprobar la naturalidad con que este reaccionó.

Con una media sonrisa, se limitó a decir:

—El abuelo a veces es muy intenso contando sus historias.

Y acto seguido cambió de tema.

Aquella misma tarde se conoció la muerte de una vecina, una anciana de edad avanzada. El entierro tendría lugar al día siguiente.

Llegó el día señalado y su primo lo invitó a acompañarlo.

—Así tendrás otra anécdota que contar cuando vuelvas a la capital.

Como el desasosiego provocado por aquella experiencia parecía haberse disipado, aceptó con cierta curiosidad, dispuesto a comparar la imagen que ofrecían las películas con la realidad del mundo rural.

Se acercaron al tanatorio, desde donde partiría la comitiva. Mientras su primo entraba a dar el pésame a los familiares, él permaneció fuera. Como la iglesia y el cementerio estaban cerca, el féretro sería llevado a hombros hasta el templo.

Caminaron hacia la iglesia y, aproximadamente a mitad de recorrido, se apartaron a un lado del camino para esperar el paso del cortejo y unirse después a él en señal de respeto.

Diez minutos más tarde, un vecino llamó a su primo para comentarle algo. La comitiva ya se acercaba.

Cuando el féretro pasó frente a ellos, el portador que ocupaba la posición trasera de aquel lado dio un traspié. El ataúd se inclinó peligrosamente.

Instintivamente, el hombre de ciudad dio un paso al frente y lo sujetó.

Otros dos vecinos acudieron de inmediato. Uno ayudó al portador mareado. El otro colocó el féretro sobre el hombro del visitante mientras le decía:

—Has sido el primero en sostenerlo. Te toca llevarlo.

Y así se encontró formando parte de la comitiva, ayudando a transportar el féretro hasta depositarlo en el interior de la iglesia.

Ahora, sentado en un avión de regreso a la ciudad, recuerdos que creía olvidados acudieron a su mente.

Se vio de nuevo caminando bajo el peso del féretro.

Y recordó algo más.

Durante el trayecto como portador había sentido la necesidad de mirar hacia un lado.

Entre la concurrencia distinguió entonces a su otro yo observándolo

Aquel doble le devolvió la misma inclinación de cabeza, lenta y solemne.
Exactamente igual que la noche de su visión. Solo que en esta ocasión su propio rostro parecía mostrar con orgullo su aprobación.



                                                                                                                   Gracias por leer.

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