Vakamulo y el hombre del Bidón-thriller-psicologico-noir

Portada del relato Vakamulo y el hombre del Bidón, thriller psicológico noir de J. P. Armada con el cilindro oscuro.





El hombre se despertó rodando dentro de lo que parecía un cilindro oscuro. Un casco rígido protegía su cabeza durante un descenso que parecía terminar, un viaje donde el estruendo del metal contra la tierra era la única realidad.

Cuando el movimiento cesó de golpe, el dolor de las magulladuras y una oleada de náuseas lo hicieron vomitar dentro del casco que protegía su cabeza. El espacio apenas dejaba margen para moverse; con los brazos pegados al cuerpo, tanteó las paredes lisas buscando una salida, comprobando al cabo de un tiempo que no la había. El miedo que lo atenazaba arrastró a su mente hacia el recuerdo de su familia. ¿Qué sería de ellos?, ¿cómo sobrevivirían sin él? Su esposa, ¿cómo afrontaría el futuro sola? Pensó en su pequeña, en su risa inconfundible, y en sus dos hijos corriendo por el patio.

Aquellos pensamientos alimentaron su desesperación. Intentó golpear las paredes del cilindro; sin embargo, el acolchado lo mantenía inmóvil con los brazos a lo largo del cuerpo. Aquel ataúd de chapa parecía hecho a su medida, ya que le obligaba a mantenerse extendido. Las lágrimas resbalaron por sus mejillas ante la impotencia. La claustrofobia empezó a asfixiarlo. El sudor frío y el miedo incontrolable terminaron convirtiéndose en pánico.

De pronto, una luz cegadora lo obligó a cerrar los ojos. Al abrirlos descubrió un pequeño monitor rectangular dentro del casco, a la altura de la vista, con un reloj digital en la esquina inferior derecha: una cuenta atrás de diez minutos. Durante ese tiempo, su mente osciló entre la esperanza y el terror.

Al llegar a cero, la pantalla cambió. Aparecieron imágenes de un dron descendiendo sobre una hendidura del terreno que parecía el cráter de un volcán. En el fondo, diez metros más abajo, yacían diez bidones cilíndricos de distintos tamaños. La imagen se acercaba lentamente. Algunos eran grandes; otros, medianos; otros, más pequeños. La disposición parecía medir cada tamaño, cada posición… cada relación.

El orden comenzaba en el 1 y, a su derecha, el 5, 4, 3 y 2; después la lente pasó al siguiente grupo, otros cinco con el mismo patrón, donde cambiaban los números del 6 al 10. El dispositivo parecía recrearse en la escena, deteniéndose sobre ciertas parejas, alternando tamaños y posiciones como si dibujara un esquema. Solo entonces el protagonista comprendió, aunque vagamente, que cada cilindro tenía un lugar exacto y cada número cumplía un papel que él aún no podía entender.

El dron finalmente se detuvo sobre él, señalando su cilindro.

Él era el número 11.

La luz se apagó de repente. La oscuridad volvió a envolverlo y el miedo se apoderó de nuevo de él. Entonces, una voz fría e impersonal se escucho a través de los auriculares:

—Sé lo que piensas: la esperanza te hace creer que habrá una salida. Eso mismo pensaron los otros diez. Has visto el vecindario, ¿verdad? Es… único. Y no te preocupes, no estarás solo. Tu familia se unirá pronto. Seréis tres familias completas.

La voz se extinguió dejando tras de sí un silencio sepulcral.

Al acercarse la madrugada, el hombre, que había luchado violentamente durante horas contra su desesperación, terminó perdiendo la consciencia.

El olor de la sangre —provocada por las uñas al clavarse en las palmas de las manos— se mezcló con las heces y la orina liberadas por el pánico. Aunque él no lo sabía, aquello fue su salvación. Al otro lado de la chapa, el rastro de su agonía había atraído a un vakamulo, un jabalí enorme que ahora empleaba toda su fuerza en abrir el bidón en busca de alimento.

El candado que bloqueaba el cierre se había debilitado y agrietado por los violentos impactos sufridos durante el descenso al fondo de la hondonada. El animal, después de media hora de empujar, golpear y morder guiado por su instinto carroñero, hundió el hocico bajo el relieve de la ballesta y lanzó un testarazo hacia arriba. El bulón terminó cediendo, partiéndose en dos, y la palanca del cierre saltó con un restallido metálico que hizo saltar la tapa.

El aire frío de la noche entró en el cilindro, devolviendo al hombre a una dolorosa semiinconsciencia. Al abrir los ojos entre las sombras, lo primero que vio no fue la claridad del alba, sino la estampa más terrorífica de su vida.

A escasos centímetros de su rostro, asomado por la boca abierta del bidón, apareció el hocico negro y húmedo del vakamulo.

Su primer pensamiento fue que ya estaba muerto y había descendido a los infiernos. Cuando logró superar el impacto inicial, distinguió el pelo grueso y erizado como cerdas de alambre que rodeaba las fauces espumantes del animal, y unos ojos pequeños, hundidos e inyectados en sangre que lo observaban fijamente.

El hombre del bidón intentó gritar, pero el pánico le atenazó las cuerdas vocales y de su boca no brotó ningún sonido. Entonces, ante la inminencia de los colmillos, el terror rompió el bloqueo. Y un alarido salvaje y desgarrador escapó por fin de su garganta a través del casco, retumbando en el eco metálico del cilindro.

El estallido de voz humana tomó por sorpresa al jabalí. El animal reculó bruscamente sobre sus patas traseras y desapareció en la penumbra de la madrugada.

El hombre quedó solo, con el pecho sacudido por espasmos, mirando el paisaje exterior a través de la abertura del bidón.

Incluso en aquellas circunstancias, la lógica se abrió paso en su mente; cada segundo contaba. Desconocía el tiempo transcurrido, y su familia corría peligro. Con los brazos aún atrapados junto al torso, el espacio seguía siendo demasiado estrecho para flexionar los codos.

Su única opción era reptar hacia delante, como una serpiente abandonando la madriguera.

Apoyó los talones contra el fondo del bidón y contrajo el abdomen. Con un impulso seco logró deslizarse apenas unos centímetros hacia el exterior. El casco rígido y los hombros rasparon la chapa con un chirrido estridente, deslizando las protecciones de corcho que aquel lunático había colocado para impedir que muriera durante el descenso.

Se detuvo un instante para recuperar el aire. Volvió a tensar los músculos de las piernas y, apoyando el talón del pie derecho y los dedos del izquierdo en las paredes del bidón, avanzó de nuevo unos centímetros.

Repitió el esfuerzo hasta que los hombros y el pecho lograron salir por completo. Ya fuera del bidón, clavó los dedos en la tierra húmeda y terminó arrastrándose lejos de aquella tumba, quitándose el casco para sentir el aire en la cara.

Quedó tendido jadeando bajo aquella luz grisácea del amanecer. Al girar la cabeza sobre el fango, sus ojos se encontraron, a ras de suelo, con la fría geometría del vecindario de los diez bidones mudos; tuvo que hacer un gran esfuerzo para evitar imaginar su contenido.

Tendido sobre la hojarasca, el hombre se obligó a descansar unos minutos. El aire helado de la mañana iba devolviendo sensibilidad a sus músculos. Arrastrándose por el barro, alcanzó el borde del embudo. Un pequeño descanso y, sorteando los matorrales de la pendiente, descendió con la esperanza de encontrar ayuda pronto.

Al llegar abajo distinguió una pista de tierra. Y camuflado entre la maleza, divisó un todoterreno pickup. Junto al capó, un hombre con casco y unas aparatosas gafas de realidad virtual manipulaba los mandos de un dron.

El protagonista sintió el impulso de correr hacia él en busca de ayuda. Dio un paso, pero se detuvo en seco. Un escalofrío le recorrió la espalda al fijarse en los detalles. El casco le recordó al que acababa de abandonar en la hondonada.

Y si aquel hombre que manejaba el dron era el sádico que lo había encerrado.

Su primera reacción fue instintiva: debía huir, regresar a casa, poner a salvo a su esposa y a sus hijos y acudir después a la policía. Sin embargo, al recordar el infierno vivido dentro del cilindro y la promesa de hacer pasar por aquello a su familia, el miedo se transformó en una furia ciega, para tomar una decisión drástica.

Se agachó en silencio. Buscó a su alrededor hasta encontrar una rama gruesa. La sujetó con ambas manos y comenzó a acercarse por detrás, caminando despacio y vigilando dónde pisaba.

El captor permanecía inclinado sobre el capó, absorto en las imágenes del dron que mostraban la geometría de los diez bidones mudos. Con el zumbido del aparato flotando en el aire y las gafas cubriéndole los ojos, no percibió que alguien se acercaba por su espalda.

Una pantalla de ordenador colocada encima del capó mostraba la imagen del dron acercándose a los bidones. Nuestro hombre del bidón lleno de rabia alzó el palo y descargó un golpe brutal en mitad de la espalda del psicópata. El impacto sonó seco. El captor resbaló hacia el suelo, perdiendo el control de las piernas. Sin darle tiempo a reaccionar,  descargó un segundo golpe que esta vez impactó de lleno en la sien. Una brecha comenzó a sangrar abundantemente deslizándose  por su cara.

El hombre se arrodilló junto al cuerpo y comprobó su inmovilidad.

Durante unos segundos permaneció observándolo, intentando asimilar lo ocurrido. Era un monstruo, sí, pero acababa de matar a un hombre por la espalda y eso tendría consecuencias.

Así que tomó una decisión.

Le quitó los guantes y se los puso. Después caminó unos un buen trecho para deshacerse del arma del crimen. Utilizando el cable de acero del cabrestante del coche, enganchó el cuerpo y lo cargó en el vehículo hasta el borde del socavón. Tras recuperar el aliento, lo sujetó por las muñecas y lo arrastró cuesta abajo, dejándolo junto al bidón número 11.

Luego limpió y recogió cualquier rastro que pudiera implicarlo.

Después regresó al todoterreno. Utilizando los guantes del asesino, limpió obsesivamente todo lo que había tocado y se alejó caminando paralelo a la pista hasta encontrar civilización.

Esa misma noche decidió explicarle a su mujer que había sufrido un accidente y había permanecido desorientado durante más de cincuenta horas.

No podía hacer participe de aquello a su familia. Fue su decisión y nadie debía sufrir por ella.

Lo que el hombre del bidón ignoraba era que el psicópata no estaba muerto. El golpe en la espalda lo había dejado parapléjico y el de la sien, inconsciente. Ahora, despierto, con los ojos abiertos y sin poder moverse ni hablar, creía saber cómo sería su final.

Comprendió su error cuatro horas más tarde.

El vakamulo regresó.

Se acercó lentamente hasta él, abrió las fauces mostrando los colmillos y lo observó con aquellos ojos inyectados en sangre.

Aquella noche no habría ningún grito que pudiera espantarlo.

                                                                                                                Gracias por leer. 

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